02 enero 2012

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Un amigo llamado Vladi

Existen personas que, al pasar por nuestra vida, dejan profundas huellas. En su peregrinaje nos enseñan a vivir, a reír, a pensar, a discernir, a ver la fragilidad humana como una catapulta para crecer. Su enseñar se convierte en aprendizaje para ellos mismos, pues, el mejor maestro es aquel que vive lo que enseña. Esa persona, en breves rasgos, es Vladi. Común y corriente como cualquier mortal, pero, con un inmenso sentido de humanidad y fraternidad. Las siguientes líneas, elaboradas por Francisco y Nahúm, describen, en resumen, lo que la amistad puede llegar "a hacer", "a ser" y a "reconocer". Vladi, desde este pulgarcito de América hasta el "infinito y más acá", este regalo te pertenece...

INTRODUCCIÓN. (Definiendo pre-supuestos y conceptos)


“Jonatán hizo un pacto con David, porque lo quería como así mismo.” (1 Sam. 18, 3)



Hablar de la palabra amistad es referirnos a una de las experiencias más profundas que vive el ser humano: abrir el corazón para que otros y otras nos conozcan, acepten y amen, tal y como somos. Nuestra sociedad actual desvirtúa la esencia esta vivencia, ya que, a cualquier persona, en fracción de minutos, por solo hecho de caer bien, le llamamos amigo y hasta del alma ó, el famoso “best friend”. La amistad, para ser auténtica y real, debe de atravesar un proceso serio y responsable –del cual se lleva un vasto tiempo experimentar– de conocimiento del otro y, que este descubrimiento, facilite ver la realidad del interior de cada uno. Es como un efecto “espejo”, ya que, cuando interactúo con el otro, tengo la oportunidad de verme a mí mismo, mis reacciones, actitudes, opciones y estilo de vida. La experiencia del encuentro con el otro nos ha ido mostrando que la verdadera amistad hace crecer, potencia el diálogo y el respeto a la diversidad, la capacidad de trabajo en equipo, la vivencia de la democracia y, por consiguiente, acercarnos a la experiencia utópica de la primeras comunidades cristianas: “tener un solo corazón y una sola alma. ” (Hch. 4, 32)

Tomando el testimonio bíblico de Jesús, podemos observar que él fue un maestro de la amistad, no solamente porque “conocía muy bien” a sus discípulos, sino, porque el “se dio a conocer” en transparencia. El proceso de amistad de los doce con Jesús, tuvo que ser intenso. Ese proceso no solamente consistió en que ellos “conocieran a Jesús”, sino, yendo más allá, que Jesús se descubriera para que “ellos le conocieran”. Jesús conocía a la gente, pero se dejó conocer abiertamente, pues nada hacía a oscuras o a escondidas (Jn. 18, 20). Sólo por poner un ejemplo: para que de la boca de los discípulos se emitiese la palabra Señor hacia Jesús, esta tuvo que ser producto de un “conocimiento profundo” sobre él y que más adelante se conoce que esta experiencia de confianza se consuma en la vivencia del seguimiento del maestro.

La amistad que Jesús modeló, no estuvo por encima de los demás, sino al servicio “de”. Y es que la amistad me pone “a la par del otro”, no encima (pues, nadie debería ser señor), ni debajo (pues, nadie debería ser peón o subordinado). Esta experiencia me pone de igual a igual, frente a frente, hombro a hombro, cara a cara. No puedo decirme “amigo del otro”, si lo veo como mi esclavo, como último peldaño, como menos que mí. Tampoco puedo experimentarme amigo si me siento pisoteado por el otro y en muchas ocasiones humillado. La amistad me coloca de igual a igual, me dignifica como al otro, me potencia ser feliz. Sabemos que no todo es color de rosa en la vida, pues, siempre aparecen los tragos amargos cotidianos: los problemas. El verdadero amigo se hace parte del otro, hasta en estos momentos más desabridos. Podrá no ser luz, pero lanza la chispa del ánimo. No es respuesta, pero reconforta con su silencio, al escuchar, y luego con su veredicto. En fin, la amistad es el arte de caminar con el otro, de estar ahí, de estar dispuesto de amalgamar la vida, la alegría, la tristeza, el dolor, la esperanza, la fraternidad.

HERMENÉUTICA NECESARIA. (Acuñando lo aprendido)


La anterior introducción es, querido hermano, lo que la biblia, la teología, la antropología, la eclesiología, la pastoral, la convivencia y el compartir nos han dejado a través de tu vida. En estos momentos nos toca experimentar ese peldaño no tan grato de la muerte de grupo. Tu partida es esa puerta que nos abre a la dispersión: “seguir trabajando desde nuestra pasión (la pastoral), pero en diferentes trincheras”. Por fe, suponemos que esta “muerte” será pascual: tiene que darnos vida a los tres. Haciendo nuestra reflexión, hemos caído en la cuenta que Dios nos ha regalado el don de la amistad a través del trabajo. La causa de Dios nos ha ido mostrando que el mundo puede ser mucho mejor. No importando la diversidad, hemos aprendido a vernos como complementarios, como cuerpo, como seres interdependientes, como hermanos.

Todos estos años hemos vivido experiencias, de las más triviales hasta las más complejas: alegría y cólera, ánimo y desanimo, cansancio y fortaleza, escepticismo y fe, etc. ¿Cómo hemos podido llevar, en nuestros tres hombros, tantas experiencias? Pues lo único que se nos ocurre es decir que nos hemos aproximado a la palabra amistad. Y, en nombre de esa amistad, deseamos expresar nuestra gratitud a tu persona “por tanto bien recibido”, como diría el viejo Ignacio. Las experiencias anteriores nos llevaron a soñar juntos, un proyecto que no nos ha pertenecido y, en vista a ese proyecto, queremos animarte y desearte que todos tus pasos marchen bien, como hasta ahora. Ironías de la vida: tan pequeño El Salvador, que nos juntamos tres locos que soñábamos trabajar en la causa de Jesús, cada quién a su estilo y modo. Una de las cosas que siempre nos preguntaremos es: ¿por qué Dios nos juntó a los tres en esta trinchera? ¿qué pretendía? ¿cuál era su intención, para con los tres?

No es nada fácil responder a estas dudas, especialmente porque, como vos sabes, acostumbrados a “tijerear” los eventos de toda índole y Dios, de ésta, no se nos pudo escapar. Una de nuestras posibles respuestas es que Dios todavía confía que el trabajo en cuerpo, es mejor que solos. Dios no es propiedad de nadie, ni se apropia de nadie. Si Dios es comunidad trina, ¿por qué no, nosotros? Reparemos en un curioso caso: el trabajar por la causa de Jesús nos ha llevado a diferencias, pleitos, enojos; pero irónicamente, nos ha ido sintonizando y armonizando. Así es el Reino de Dios, está aquí y todavía no, es paz y guerra a la vez, tan complejo pero real, como la naturaleza humana.

Curiosamente, esta dinámica de jugar a ser constructores de “ese Reino”, nos ha fatigado, nos ha lacerado en todo sentido. Habían días que, como vos sabes, deseábamos mejor ¡no haberlo conocido! Acaecían días que nos negábamos privilegios materiales, por haber optado por una carrera que “no generaba ingresos”; acontecían días en los cuales deseábamos solamente mirar atrás y decir: “ya no te amo, Señor, ya no quiero seguir, este tipo de vida no es para mí”. Pero Dios, en su gratuidad y fidelidad, se mostró propicio con nosotros y nos reveló que habíamos tomado, hace más de diez años atrás, la mejor decisión de nuestras vidas. En este punto, no nos refierimos a la carrera de Teología, ni a trabajar en el Externado de San José, ni a caminar en la Iglesia y menos en la Pastoral Juvenil. Nos referimos al día, al bendito día, cuando decidimos, cada uno en su lugar y momento en particular, darle un sí libre y sincero a Jesús y al Padre.

La otra posible respuesta, se desentraña de lo que conocemos como “la humanidad de Jesús”. Este Jesús, que tanto nos jode (con diría Frank), siempre nos ha estado moviendo para más amarle y servirle a él, no por su poder ni su gloria, ni el cielo prometido ni el infierno tan temido, sino, por el gran amor que su humanidad nos profesa. Si él, en su frágil humanidad, lo dio todo ¿por qué no, nosotros? Creemos que Jesús nos ha ido mostrando que, mientras más humanos somos, más cerca de Dios estamos. A pesar del cansancio, de los problemas, del mal, del enemigo, Dios ha hecho su choza en nuestra frágil humanidad. Ya no gusta del cielo adornado, ahora mora en nuestra reseca tierra: la humanidad entera. Y es ahí donde hemos sembrado, como hermanos y amigos, semillas de esperanza: en MAGIS, en nuestros grupos parroquiales, en nuestros hogares, en nosotros mismos. No sabemos si nuestras ingenierías nos hubieran dado “tanto bien”. Lo que si es cierto es que, con nuestras lupas Teológico-Pastorales, hemos ido descubriendo la importancia del consorcio entre el saber, el sentir y el servir.

IMNINENTE PARUSÍA. (Así como se fue, lo verán venir - Hch 1, 11)

Las despedidas nos lanzan a varias preguntas lógicas: ¿nos volveremos a ver? ¿termina todo aquí? ¿y entonces, que viene ahora? Creemos que a nadie le gusta atravesar la experiencia del irse, porque es como que se “desmembrara un miembro del cuerpo”, sintiéndose este afectado. Pero, ¿dónde está escrito que el irse implica ya no volver? Ni los muertos, cuando han vivido bien, suelen irse. Subsisten en los recuerdos y en lo cotidiano que solían hacer. Por eso, creemos que la despedida no es un hasta aquí, sino, un hasta pronto, todo pensado para un sano reencuentro.

Vladi: Nosotros, Frank y Nahúm, como hombres de fe que intentamos ser, te deseamos lo mejor. Dios sabe por qué te marchas valientemente a otra tierra hermana y sin miedo a equivocarnos, sabemos que él te necesita ahí, donde afinques tu vida. Él sabrá llevar a buen puerto, este proyecto que hoy inicias. Llévate de nuestra tierra lo mejor que tenemos: nuestras energías en el trabajo, la sinceridad de nuestra palabra, la alegría de vivir que tenemos todos los guanacos. Pero, también llévate nuestra fe en ese reino de Dios que nuestros mártires han sellado con su sangre a esta tu tierra tan lastimada por el pecado estructural, en la que Dios nos ha mostrado que aún tiene fe en el ser humano, todo para lograr la utopía de la humanidad nueva. Llévate eso, lo mejor que tenemos los salvadoreños y lo mejor de nuestra fe Cristiana. Gracia de Dios ha sido el conocerte, trabajar juntos, luchar juntos, enojarnos, reír, llorar, celebrar, comer.

Dejemos que Dios nos siga uniendo en la amistad y la causa de Jesús. Nadie le ha puesto el punto final a nuestra amistad y es por ello que hay que seguir viviendo de puntos suspensivos. Hermano y amigo, ha sido un regalo conocerte y tenerte entre nosotros. Y, para despedirnos, la pregunta que a continuación te colocamos, te la vamos a hacer en el reencuentro y vos tenés que responder así: ¿Cómo va la vida?: PIJUDA…

Dios se quede con vos, hermano…

Con profundo cariño en el moreno de Nazaret: Frank y Nahúm.

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