09 abril 2010

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La Modernidad vrs. El Reino de Dios.


Introducción.

Basta dar un vistazo rápido a nuestro alrededor para descubrir dos formas de ser humano y sociedad antagónicas que coexisten en una simbiosis peligrosa. Que de ser tratadas sin mayor crítica, podrían ser aceptadas como normales. Me refiero a una forma más individualista frente a otra más solidaria. En la líneas siguientes daremos una breve reflexión sobre ambas, buscando en los acontecimientos históricos aquellos hechos que nos ayuden a comprenderlas mejor.


Las siguientes expresiones son muy comunes: “La sociedad en la que vivimos es egoísta”, “ya nadie piensa en los demás”, “Lo importante es que yo esté bien”. Frente a estas también escuchamos: “La sociedad puede ser diferente, hay signos de solidaridad”, “hay muchas personas que ayudan a otros”, “las cosas pueden cambiar si nos ayudamos entre sí”... Estas son sólo algunas de las expresiones que a diario escuchamos; pero ¿qué hay de fondo en ellas? ¿cuál es el contexto en el que nacen? Un breve recorrido por la historia de la humanidad coloborará en esta empresa.

De la Independencia al Individualismo.

Los siglos XV y XVI son muy importantes para nuestra tarea, por eso comenzaremos por ellos. Permítaseme la siguiente metáfora. Así como una “nodriza” sobre-protectora que siempre carga de la mano al niño que se le ha encomendado, evitando dejarlo solo para que descubra el mundo por su cuenta, diciéndole siempre lo que debe hacer, lo que le es bueno, cómo debe comportarse, cómo debe vestirse, era la autoridad eclesiástica de los siglos X-XIV. Y así como ese niño, que una vez se experimenta adolescente, a sus quince años, desea desprenderse de esa nodriza para comenzar una vida libre: con su propios códigos éticos y formas de pensar, eran los hombres de los siglos en cuestión que ya ansiaban una vida “libre de Dios”.[1]

Y así ocurrió, los hombres del medio evo fueron paulatinamente separándose de aquella Iglesia que experimentaban limitadora de todo su potencial creativo, comenzando una vida totalmente independiente: La Era Moderna. Los filósofos, los científicos, los artistas ya no pensaban, investigaban o creaban "para Dios". El centro hoy es el ser humano. Se piensa para el hombre; se investiga para el hombre; se crea para el hombre. Comiencza a dicirse que es necesario potenciar al ser humano, hay que proporcionarle todas la herramientas necesarias para que llegue a su mayoría de edad y así salga adelante; una vez esté preparado se convertirá en el hermano que la humanidad necesita. Pero esto nunca pasó. Cuánta razón tenía J.B. Metz al afirmar: “se esperaba al hermano, pero nos salió el burgués”.

Esta nueva forma de pensar y de vivir llega a su máxima expresión en el siglo XVIII (aquel "niño" es ya un “adulto”). Mientras el pueblo pobre dominado ya no por la autoridad eclesiástica, sino por la monarquía luchaba por los famosos valores impulsado por la revolución Francesa (libertè, fraternitè, egalitè), los burgueses impulsores de aquella manifestación gestaban los valores de la economía de mercado. Otra vez en la historia de los hombres los desposeídos y las grandes mayorías son utilizados para fines particulares.

Llegamos en estas condiciones al siglo XIX. Los burgueses han ganado. El libre mercado es ya una realidad. El impulso que la técnica dará es impresionante. Comienza una nueva era para la humanidad: la Era de la Industria. Esto seguía empeorando la condición de los pobres. Mientras los ricos producen más, venden más, compran más, el mercado se expande, los pobres siguen siendo excluidos, llevados poco a poco a lo no-humano, al margen de la historia.

El siglo XX está en su alba, y comienza un nuevo liberarse (neo-liberalismo), ya no de la autoridad eclesiástica, ya no de la monarquía, hoy del Estado. La teoría del mercado liberal afirma que el Estado no debe intervenir en la actividad de la Empresa privada, que entre menos control exista mejor funcionaran las cosas.

Con esto hemos marcado un hilo conductor de la historia[2]: Los hombres buscan intereses propios. El hombre se centra en sí mismo y vive para sí mismo. El contacto con los demás no deja de ser mera coincidencia o una necesidad interesada. El ser humano crea una sociedad en la que sólo importan los intereses particulares: Yo y los míos. No hay espacio para todos. Esto se va transmitiendo y haciendo de todos partícipes del mismo pecado. Basta solamente observar como en los últimos años se ha dado una proliferación de Ipod y reproductores MP3, cada cual escucha su música; vive en su mundo y se nos cierran los oídos al mundo exterior que grita con dolores de parto por una nueva esperanza.

Del Reino de Dios a la Comunidad de Discípulos

Por otro lado, en nuestro recorrido anterior no hemos tocado los primeros siglos de la era cristiana. En ellos se da una experiencia totalmente diferente a la expuesta. Una experiencia que busca el reordenamiento de la sociedad con la implantación de una serie de nuevos valores.

Esta experiencia comienza en un pequeño país de la Palestina llamado Israel. En él y de la pequeña e insignificante ciudad de la galilea del 5 a.C. nace “un tal Jesús” que comienza una labor itinerante de predicación de un proyecto nuevo para el mundo: el Reino de Dios. Proyecto que consiste en hacer de la humanidad un lugar justo en donde “todos tengan vida y la tengan en abundancia”; proyecto en el cual frases como “no hay amor más grande que dar la vida por los otros”; “amen como yo he amado”; “el más grande en el reino es el que sirve primero” no son simples slogan que se dicen nada más; son una forma de vivir y de entregarse sin reservas a los otros. Aquí el contacto con los demás no es casual o interesado; es real y provocado.

Esta experiencia del maestro de galilea será tan marcante para su grupo de amigos, que será entendida como catalizadora: tal como la piedra que arrojamos en el agua crea un foco que a su vez crea ondas que se transmiten en forma creciente. Por eso luego de la muerte y resurrección de Jesús, la iglesia naciente puede escribir aquella hermosa utopía de la comunidad que el maestro deseaba: “se reunían. Nadie llamaba suyo lo que tenía. Puesto que todo lo compartían ...todo era común... nadie pasaba necesidad” (Hech. 2,42 y 4,32).

El Reino que anunció Jesús puede ser una realidad en la comunidad de discípulos. En esta comunidad no se excluye, no se margina, no se hacen los oídos sordos frente a la necesidad del mundo. Valores como la libertad, fraternidad, igualdad, ya no son justificadores del mercado o de políticas individualistas; son una apuesta por una nueva sociedad solidaria y comprometida.


¿Todo para uno o uno para todos?

Hemos expuesto dos formas diferentes de ser humanos, de vivir la vida en sociedad. Ambas formas han existido y coexisten en nuestra actualidad. Una más egoísta y otra más solidaria. A la primera le interesa lo privado, el consumo, el vivir de espaldas a una realidad exigente; se conforma con lo inmediato, con lo que le es útil en el instante para desecharlos depués, con lo efímero; por lo tanto, es un tipo de sociedad que crea individuos autosuficientes. A la segunda, le interesa lo común, la austeridad, el vivir comprometidos con los problemas de su tiempo; le interesa lo mediato, la esperanza, el futuro. Es un tipo de sociedad que crea personas responsables.

Aquél grito de guerra que Alejandro Dumas inmortalizó en su obra “Los tres mosqueteros” puede servirnos para ilustrar los dos tipos de sociedad que hemos expuesto: Para la primera que desean que “todo sea para uno” o para algunos pocos. Es esa sociedad egoísta. Mietras la segunda que desea que esta tierra, sus recursos, su riqueza, su bellaza se “para todos”. Es esa sociedad solidaria.

Nuestra tarea es elegir entre esos modelos sociales. Nos podemos situar en medio de ellos sólo para pensar por cuál optar. Pero no podemos quedarnos en ese lugar, la opción se vuelve obligatoria. Pero la respuesta por el “por cuál optar” trasciende la reflexión de estás líneas, esa tarea le corresponde a usted mi querido lector.




[1] Este “libre de Dios” debe ser en tendido como “libre de la autoridad eclesiástica”

[2] Aunque hemos dejado de lado muchos elementos de la historia, para nuestro propósito bastan estas “manchas de color”

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